John F. Kennedy, el lector veloz

Kennedy devoraba informes y documentos, pero, además, leía sobre múltiples temas de su interés.
Kennedy devoraba informes y documentos, pero, además, leía sobre múltiples temas de su interés.

Uno de los lectores veloces más famosos de todos los tiempos, es el presidente John F. Kennedy. A pesar de su corto paso por la Casa Blanca, Kennedy dejó una huella muy marcada en la vida política norteamericana y mundial.

Una de sus muchas cualidades era que era un lector voraz. Leía tanto literatura como informes y documentos con gran rapidez y en gran cantidad. Uno de los reporteros de Casa Blanca, Hugh Sidey, escribió un libro sobre su periodo presidencial, titulado «John F. Kennedy, President».  En el mismo, expresa lo que pudo saber acerca de Kennedy y su lectura:
«Sus lecturas se convirtieron en un fenómeno. Los periodistas se encontraban con que leía la totalidad de sus escritos, y les llamaba a veces para alabarlos o para censurarlos. Hojeaba cinco periódicos con el desayuno. En voraces hojeadas podía asimilar un informe difícil sobre economía. Leía de mil doscientas a dos mil palabras por minuto y quizás más rápido aún cuando el tema era sencillo. Los miembros de su plana mayor debían esconder las revistas y los libros. Si los dejaban sobre una mesa o escritorio eran presa de la avidez insaciable del lector Kennedy.
Se dice que cuando Kennedy tomó el curso de lectura veloz, su esposa, Jacky, se hizo una prueba, pero como leía más rápido que él, no necesitaba el curso.
Se dice que cuando Kennedy tomó el curso de lectura veloz, su esposa, Jacky, se hizo una prueba, pero como leía más rápido que él, no necesitaba el curso.

Cuando solicitó una detallada información acerca de Cuba y del encumbramiento de Castro, se le pr esentó un voluminoso documento redactado por funcionarios. Tímidamente, uno de sus ayudantes sugirió que Kennedy leyera la sinopsis, pero el presidente desechó la sugerencia con un ademán, enfrascándose en la lectura del informe.

Iba a la esencia del asunto. Leía los periódicos desde la primera página. Examinabalos titulares, recorría con la vista los textos de interés secundario, dedicaba unos segundos a las informaciones más importantes, lo que le bastaba para extraer el jugo. Se detenía en la página editorial, dando sin embargo más importancia a los columnistas, que a los artículos editoriales de los mismos.
Kennedy tenía debilidad por los aciertos de expresión preguntándose a veces, en que proporción la fama de Winston Churchill se debía al uso acertado de las palabras. Leía con frecuencia las memorias de Churchill, sólo para saborear la perfección de su estilo. Kennedy afirmaba que su libro favorito era «Melbourne», de lord David Cecil: la vida de William Lamb, uno de los primeros ministros de la reina Victoria.

Los investigadores de la vida de Kennedy que buscaron rápidamente un ejemplar de ese libro en las bibliotecas públicas, se encontraron con que en él se describe una clase dirigente que tiene remota semejanza con el clan Kennedy. Aunque el presidente solía leer literatura no novelesca, a veces se apartaba de esa norma.

Los fanáticos de los relatos policiales descubrieron que era entusiasta de una figura creada por Ian Fleming: El agente del servicio secreto británico James Bond, luchador infatigable. Un investigador confeccionó una lista del material impreso que consumía Kennedy y resultó que, además de su dieta ordinaria de periódicos y revistas, en sólo unos días había leído «The necessity for choice» de Henry Kissinger, grueso volumen sobre la
guerra nuclear; «Turmoil and tradition», historia de la vida y la época de Henry Stimson, escrito por Elting Morrison; «The longest day» por Cornelius Ryan; «The liberal hour», colección de ensayos de John Kenneth Galbraith, y fragmentos de un compendio sobre pruebas nucleares.

Cuando era senador, Kennedy tomó un curso de lectura rápida, aunque ya antes era un lector de extraordinaria rapidez. La afición de Kennedy a la lectura era grata a los escritores, editores y funcionarios públicos, pero había en Washington otro hombre que se mostraba

aún más satisfecho. Era A. T. Schrot, un republicano propietario del Cosmopolitan Newstand, situado en la calle 15. Allí compraba la Casa Blanca la mayoría de sus diarios y revistas. Cuando Kennedy llegó a la presidencia, el negocio de Schrot con la Casa Blanca aumentó en un 400 por ciento. Cuando se extendió la noticia de que John F. Kennedy leía más de mil doscientas palabras por minuto, su plana mayor tomó cursos de lectura rápida, e incluso se creó una clase especial en la Casa Blanca…».
Al igual que con sus ayudantes, cuando se corrió la voz de la velocidad de lectura de Kennedy, miles de personas comenzaron a tomar cursos de Lectura Veloz en el mundo entero.
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